
El texto explora la relación intrínseca entre el tiempo y el poder, argumentando que las élites han utilizado históricamente el control del tiempo como una herramienta fundamental para ejercer dominio...
El texto explora la relación intrínseca entre el tiempo y el poder, argumentando que las élites han utilizado históricamente el control del tiempo como una herramienta fundamental para ejercer dominio sobre la sociedad. Se inicia con un análisis de cómo los horarios artificiales de verano e invierno, lejos de ser medidas neutrales, responden a intereses económicos y de sincronización global que benefician a grupos de poder. Jacques Attali, citado en su obra "Historias del tiempo", sostiene que toda cultura se construye alrededor del sentido del tiempo y que tener poder es controlar el tiempo de los demás, tanto el presente como el futuro, el pasado y los mitos. Esta capacidad de regular el tiempo se manifiesta en la imposición de calendarios, la escritura de la historia oficial (donde los vencedores deciden qué recordar y qué olvidar) y la organización de las rutinas diarias.
Michel Foucault complementa esta visión al analizar cómo las instituciones modernas —fábricas, escuelas, hospitales, prisiones— disciplinan el tiempo de las personas mediante horarios estrictos, estableciendo ritmos, ocupaciones determinadas y ciclos de repetición. El ejemplo de una fábrica francesa del siglo XIX, donde los trabajadores debían levantarse a las 5 de la mañana y seguir una rutina hasta las 8 de la noche, ilustra cómo el capitalismo industrial absorbió el tiempo social. Frederick Taylor y Henry Ford perfeccionaron este modelo con la administración científica y la producción en serie, maximizando el rendimiento y consolidando el dominio empresarial. Marx ya denunciaba que el capitalista roba el tiempo destinado al descanso y al disfrute, convirtiendo el tiempo en una red de poder.
El texto también contrasta dos concepciones culturales del tiempo: el tiempo circular de las civilizaciones prehispánicas y el tiempo lineal de la modernidad. El tiempo circular, basado en la repetición de ciclos (día y noche, estaciones), valoraba la estabilidad, la permanencia y la sabiduría de los ancianos, quienes podían profetizar eventos recurrentes. En cambio, el tiempo lineal, asociado al progreso y al cambio continuo, exalta la juventud, la innovación y el consumo desechable. Esta diferencia tiene profundas implicaciones políticas: mientras que en las sociedades circulares el poder residía en los ancianos, en las lineales se deposita en los jóvenes y en la promesa de un futuro mejor. Finalmente, se sugiere que recuperar el control del tiempo propio es esencial para alcanzar la libertad personal, enfrentando la lucha contra las estructuras de poder que monopolizan la organización temporal de la vida.